EDITO: CAER EN LO COMERCIAL

El bombardeo visual que vivimos hoy en día es incomparable con otras épocas de la Historia. La televisión, Internet, los carteles en la calle contribuyen a un brouhaha óptico constante (y bastante agotador) que promociona cualquier tipo de productos. Aún así, esta saturación para el ojo humano parece dar frutos considerando al aumento constante del consumo en masa. Pero hay un “producto”, un dominio que parece resistirse a esta práctica, o más bien que parece suscitar el interés suficiente de los publicistas: el arte, y más específicamente la danza. En comentario a mi EDITO de la semana pasada, Juan Zalvídar, productor de la compañía Bruja Danza (Méjico) escribe en Linkedin: “Creo que la sociedad contemporánea es perezosa para pensar “lo que no entiende”.” ¡Cierto! Hoy, parece ser que hemos puesto definitivamente nuestro confort por encima de toda reflexión pensativa y ejercicio cerebral. ¡Cierto! La sociedad es perezosa para pensar lo que no entiende. Pero parece que la danza no entiende de venderse. No entiende ni la dimensión comercial, ni el mundo empresarial, ni del aspecto corporativo. ¡Danza! ¿También serás también perezosa?

El mundo de la danza parece rechazar el aspecto comercial de su disciplina. Es cierto que la idea que nos hacemos del mundo de la publicidad, tal como lo tenemos en nuestras mentes, no inspira mucha confianza. ¿Por qué lo “comercial” está visto con malos ojos? Lo digo una vez más, nuestro reto es adaptarnos a la sociedad que nos rodea abrazando sus oportunidades en vez de considerarlos obstáculos y prácticas “heréticas” para nuestro arte. También es nuestro reto cuidar su calidad: no querremos reducir nuestras obras en productos y servicios low-cost y obsoletos al día siguiente (tendencia máxima heredada de la crisis) sino crear un arte sostenible que sepa conciliar con un aspecto más comercial que pueda serle profitable. ¿Por qué rechazamos el aspecto comercial de una industria que consideramos con tanto valor como la industria automóvil o la farmacéutica?

Nos da miedo, como lo decía antes, perder nuestra calidad como artistas: nos esforzamos en intentar ofrecer buena calidad. Pero no parece ser suficiente para ganar la confianza de los publicistas y de los promotores. ¿Cómo podemos conseguirla entonces? Desafortunadamente, no tengo la respuesta. Nosotros mismos estamos intentando contestar a esta pregunta: ¿Cómo podemos hacer que la industria de la danza se democratice y tenga tanto éxito que los teatros se nos llenen, sin perder la esencia de lo que es nuestra danza? ¿No seremos entonces los únicos capaces y habilitados de defender la danza como una industria respetable? ¿A la hora de trabajar, tendremos consciencia de la responsabilidad que nos incumbe respeto a nuestra audiencia?

Escribiendo, yo mismo tengo algo de miedo al emplear las palabras de “producto” y “industria”. Intento no recaer en mi orgullo de bailarín, evito pensar: que la danza está absolutamente por encima de toda dimensión comercial; que intentar conciliar un aspecto comercial con un aspecto  artístico sería una simplificación, y por extensión una muerte del arte; que no necesitamos esta “comercialización” para seguir viviendo, o intentando sobrevivir. Pero el arte se tiene que vender, ¡nos tenemos que vender! Cada uno de nosotros que se levanta cada día eligió este camino porque quiere dedicar su vida a ello. Y como todas las otras personas que dedican su vida a una profesión, tenemos que poder vivir de ella. ¡Ya basta de regalar nuestras horas! ¡Ya basta de un presunto low-cost de la danza que mata a nuestra industria y tiene solamente una mejora a muy corto plazo! ¡Pensemos en la desarrollo sostenible de nuestro arte y devolvamos su valor a nuestro trabajo, su valor a nuestra danza! ¿La danza no conseguirá venderse porque no lo querremos? Más allá del mero factor del estado del IVA de la cultura en España por ejemplo, encuentro de nuevo esto: la calidad de nuestra danza y la consciencia de ello.

En un mundo que va a cien por hora, la gente espera resultados concretos en la inmediatez y de calidad. Tomémonos el tiempo de alcanzar esta calidad para poder entendernos con nuestra audiencia. Como lo decía la semana pasada: no podemos ser un arte que ya no pueda conversar con su público. Tenemos que apostar por la calidad, por el sacrificio de ello para que las instituciones fuera de nuestra industria vuelvan a creer en los artistas y en el hecho de que sí, somos una industria seria. ¿Para qué hacer esto? Quizás para evitar que personas como políticos como Laurent Wauquiez en Francia, califiquen un día nuestro arte, nuestra industria y nuestros trabajos de “formaciones fantasiosas” que no conllevan a “trabajos reales” como lo hizo hablando las artes del circo y de los titiriteros.

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